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Hernando de Soto constituye uno de los personajes más significativos de la expansión hispánica en América del Norte. Pocos encarnan de forma tan intensa las grandezas, contradicciones y límites de la expansión ultramarina española del siglo XVI como aquel hidalgo extremeño que participó en la conquista del Perú y terminó falleciendo a orillas del río Misisipi, en el interior desconocido del continente norteamericano, lejos de las riquezas y glorias que inicialmente había perseguido.
Tras participar decisivamente en la conquista del Imperio inca junto a Francisco Pizarro, Hernando de Soto regresó a España convertido en uno de los hombres más ricos de su generación. Sin embargo, lejos de conformarse con fortuna y prestigio, aceptó el gobierno y adelantamiento de La Florida e inició en 1539 una de las expediciones más extraordinarias y dramáticas de la historia de América del Norte.
Durante años, junto con sus hombres, recorrió enormes extensiones de los actuales territorios de Florida, Georgia, Alabama, Misisipi y Arkansas, siendo los primeros europeos en penetrar profundamente en aquellas regiones y descubriendo el inmenso río Misisipi, nombre que proviene de una palabra de origen indígena, concretamente del idioma ojibwa (chippewa): Misi-ziibi o Michi Sipi, que significa literalmente «gran río» o «río inmenso».

Aquel descubrimiento constituyó uno de los grandes hitos geográficos de la exploración española en Norteamérica. En la primavera de 1541, el 8 de mayo, la expedición dirigida por Hernando de Soto alcanzó por primera vez las aguas del inmenso río cerca de los actuales territorios del estado de Arkansas. Los cronistas relataron la impresión que causó aquella gigantesca corriente de aguas oscuras, tan ancha y caudalosa que parecía un mar interior imposible de cruzar. Sus hombres necesitaron semanas para construir embarcaciones capaces de atravesarlo, mientras soportaban ataques indígenas, enfermedades, hambre y el agotamiento acumulado tras años de marcha. La expedición, sin embargo, terminó convirtiéndose en una tragedia épica, costándole la vida al adelantado.
La muerte de Hernando de Soto simbolizó, en cierto modo, el fracaso de aquella empresa. Enfermo y agotado, falleció un año después del descubrimiento, el 21 de mayo de 1542. Sus hombres, conscientes de que muchos indígenas lo consideraban un ser casi sobrenatural, ocultaron cuidadosamente su muerte y arrojaron su cuerpo a las aguas del Misisipi para evitar que la noticia debilitara la autoridad española.
Buena parte de la memoria posterior de aquella expedición quedó inmortalizada en La Florida del Inca, de Inca Garcilaso de la Vega, publicada en 1605. Aunque escrita unas décadas después y con ciertos elementos idealizados propios de la literatura cronística de la época, la obra constituye uno de los relatos más célebres sobre la expedición de Soto y contribuyó poderosamente a fijar la imagen heroica y trágica del conquistador extremeño.
Fue, al mismo tiempo, explorador extraordinario, hombre de su tiempo y protagonista de una expansión territorial compleja y problemática. Pero también fue uno de los primeros europeos en recorrer el corazón de Norteamérica, dejando una huella histórica imposible de ignorar en la formación temprana del continente americano. No en vano, un cuadro que evoca su descubrimiento del Misisipi se encuentra entre los que adornan la Rotonda del Capitolio, lo que permite hacerse una idea sobre la importancia de su exploración. Recordar hoy a Hernando de Soto y su famoso descubrimiento resulta obligado en el 250 aniversario de la independencia norteamericana.