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Las Guardas de Castilla, también conocidas como Guardias Viejas de Castilla, constituyen, con antecedentes conocidos, la primera unidad militar permanente española. Su creación en mayo de 1493, el día 3 según el conde de Clonard, apenas culminada la conquista de Granada, no fue un hecho aislado, sino una decisión estratégica destinada a consolidar la autoridad real mediante la formación de un instrumento militar permanente, profesional y directamente dependiente de la Corona. Consecuencia directa del tránsito entre la monarquía feudal y el Estado moderno en España, este cuerpo refleja el esfuerzo de la Corona por superar las limitaciones del sistema militar medieval y aumentar su control.
En efecto, la monarquía de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón buscaba dejar atrás el modelo basado en huestes nobiliarias, cuya fidelidad resultaba siempre incierta. Las Guardas nacieron, así, como un cuerpo estable que, a diferencia de la Santa Hermandad o de las mesnadas señoriales, respondía exclusivamente al poder regio. Este carácter las convierte en el primer ejército permanente de la Monarquía Hispánica, anticipando estructuras militares más complejas de siglos siguientes.
Desde el punto de vista de su composición, las Guardas fueron esencialmente un cuerpo de caballería. Se estructuraban en capitanías, inicialmente veinticinco, compuestas por hombres de armas (caballería pesada) y jinetes ligeros, montados a la jineta, como los árabes (caballería ligera), lo que reflejaba una dualidad táctica heredera tanto de la tradición europea como de la experiencia peninsular en la guerra. Su reclutamiento privilegiaba a hidalgos y miembros de la pequeña nobleza, que podían proporcionar caballo, equipo y armas, lo que aseguraba el nivel social y militar, pero también consolidaba su carácter elitista.
La organización interna era compleja y sorprendentemente moderna. Existía una jerarquía administrativa con veedores, contadores, pagadores y oficiales de justicia, además de los mandos militares. La presencia de inspectores, auditores, veedores, visitadores de fortalezas y cargos administrativos revela el intento de racionalizar la administración de las unidades bajo criterios estatales homogéneos.
En cuanto a su trayectoria histórica, las Guardas desempeñaron un papel relevante durante los siglos XVI y comienzos del XVII. Participaron en la pacificación del reino de Granada, en campañas peninsulares y en conflictos europeos, bajo el reinado de Carlos I de España, incluyendo episodios de las Guerras de Italia. Sin embargo, su evolución estuvo marcada por una tensión constante entre su concepción original, basada en la caballería pesada, y las transformaciones de la guerra moderna, cada vez más dominada por la infantería y las armas de fuego, que se manifiestan después en la forma de organizar y de combatir de los Tercios.
Esta tensión explica su progresiva decadencia. A partir del siglo XVII, las Guardas fueron perdiendo eficacia militar y prestigio. La falta de recursos y el retraso en la adaptación táctica, especialmente en el uso de armas de fuego, las hicieron cada vez más obsoletas. El auge de nuevas formas de organización militar, como los Tercios, y posteriormente los regimientos de inspiración francesa, que las relevaron, relegó a las Guardas a un papel secundario.
Finalmente, su disolución en 1704, bajo el reinado del primer Borbón, Felipe V, debe entenderse dentro del proceso de reformas borbónicas que pretendían modernizar el ejército español siguiendo el modelo francés. No obstante, lejos de desaparecer, se integraron en nuevas unidades: guardia real, cuerpo de seguridad y, finalmente, el ejército borbónico.
Tomas Torres Peral