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Con la fabricación y puesta en órbita del satélite MINISAT-01, la apuesta del INTA fue muy ambiciosa, al fijarse el objetivo de desarrollar un satélite que mostrara, fundamentalmente, al resto de la comunidad científica las capacidades de España en lo referente a la producción de sistemas espaciales.
A principios de 2026, se calcula que el número de satélites artificiales que orbitan alrededor de nuestro planeta ronda la cifra de los 15.000, ostentando el honor de haber sido el primero de todos ellos el lanzado por la Unión Soviética el 4 de octubre de 1957, que recibió el nombre de Sputnik («compañero de viaje»), y que representó el pistoletazo de salida de la carrera espacial, tan ampliamente conocida en la actualidad y que se ha convertido en imprescindible para el desarrollo de la vida de esta sociedad del «Antropoceno» (término que deriva del griego anthropos, humano, y kainos, nuevo, lo que significa la «nueva era del ser humano»).
Con la excepción de Estados Unidos, pocos fueron los países que pudieron adherirse, en la década de los 60, a esta carrera tecnológica, pero muchos fueron los que vieron en ella la herramienta necesaria para alcanzar la evolución que llevara al mundo a una nueva era en las telecomunicaciones, los sistemas de navegación, los avances en PVT (posicionamiento, velocidad y tiempo), los sistemas de posicionamiento global y un largo etcétera, que produciría el ingreso de la humanidad en una nueva era de avances tecnológicos que jamás antes habían sido considerados y que ni tan siquiera se había imaginado que pudiera alcanzarse.
España fue uno de los países que desde muy pronto tuvo consciencia de la necesidad de alcanzar este nivel científico. En 1942 se creó el Instituto Nacional de Técnica Aeronáutica, con el fin de que España tuviera un centro dedicado a la investigación en el campo de la aeronáutica. Años más tarde, en 1958, se creó la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio, más conocida como NASA, por sus siglas en inglés, National Aeronautics and Space Administration), y, curiosamente, para la realización de su primer programa tripulado, el Mercury, que perseguía adquirir el conocimiento necesario sobre la posibilidad de supervivencia de las personas en el espacio, el INTA ya tuvo una participación muy significativa. Con el deseo de que la astronáutica se uniera a la aeronáutica en los fines perseguidos por este organismo, en la década de los 60 cambió su nombre por el que tiene actualmente, Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial «Esteban Terradas» (nombre con el que se bautizó al instituto en reconocimiento del extraordinario científico e ingeniero que fue el primer presidente del Patronato del INTA).
El primer proyecto en el ámbito espacial emprendido por el INTA vio su fruto el 15 de noviembre de 1974, al poner en órbita un satélite artificial científico español, el INTASAT-1, importantísimo acontecimiento que significó un gran éxito para el desarrollo tecnológico alcanzado por nuestro país.

El INTASAT-1 fue un proyecto modesto que perseguía fabricar y poner en órbita un microsatélite, de 24,5 kg de peso, pero que deseaba ser el origen de proyectos mucho más ambiciosos. Se ha de considerar que, en función del peso y tamaño de los satélites, estos se clasifican en grandes satélites, con un peso superior a 1.000 kg; satélites medianos, entre 500 y 1.000 kg; y satélites miniaturizados, entre los que encontramos minisatélites, entre 100 y 500 kg; microsatélites, entre 10 y 100 kg; nanosatélites, entre 1 y 10 kg; picosatélites, entre 0,1 y 1 kg; y, finalmente, femtosatélites, cuyo peso es menor de 100 g.
De este modo, poco más de 22 años tras el lanzamiento del INTASAT-1, el primer satélite de fabricación y diseño totalmente español, el MINISAT-01 fue lanzado desde la base aérea de Gando, en la isla de Gran Canaria, siendo, por lo tanto, también el primero que se ponía en órbita desde territorio español. El MINISAT-01 fue lanzado el 21 de abril de 1997 mediante un avión Lockheed L-1011-385-1-15 TriStar, que portaba el cohete Pegasus XL y que, finalmente, lo llevó hasta su órbita, cercana a los 585 kilómetros de apogeo y 566 kilómetros de perigeo.
Se trataba, en este caso, de un minisatélite cuyo peso era de 195 kg y que tenía como misión principal la observación de la Tierra desde una órbita baja (LEO, Low Earth Orbit, u órbita terrestre baja), portando en su interior cuatro instrumentos para el apoyo a la investigación científica: un espectrógrafo ultravioleta para el estudio de la radiación difusa; un generador de imágenes de rayos gamma de baja energía; una columna de puente líquido en microgravedad, y una experiencia tecnológica de un regulador de velocidad.