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El 30 de abril de 1946, el jefe del Estado, general Franco, y varios de sus ministros embarcaron en el C-4 para visitar su interior y, a continuación, trasladarse en el submarino hasta el lugar del pecio del transporte auxiliar Castillo de Olite, hundido por las baterías de costa del bando republicano solo unos días antes de finalizar la guerra civil. El general Franco lanzó al mar una corona de flores en recuerdo de los 1.400 hombres que perdieron la vida en el hundimiento del transporte.

El día 27 de junio del mismo año, durante unas maniobras rutinarias de la Armada llevadas a cabo cerca del puerto de Sóller, en la isla de Mallorca, el submarino C-4 protagonizó un trágico accidente que condujo a su hundimiento prácticamente instantáneo. También participaban en el ejercicio los submarinos C-2 y el General Sanjurjo, así como tres destructores: el Lepanto, el Churruca y el Alcalá Galiano.
El comandante del submarino era el capitán de corbeta Francisco Reina Carvajal. Con él perecieron también los cuarenta y tres hombres bajo su mando.
El ejercicio consistía en hacer navegar a los destructores en línea de frente y de vuelta encontrada, con los tres submarinos navegando en inmersión y marcando sus ataques, estando ya en superficie, con una bengala lanzada por la popa de los destructores al ser rebasados por estos. El submarino C-2, con el jefe de la Flotilla
a bordo, cumplió el plan previsto y salió a superficie a las 13:11.

El destructor Lepanto debería atacar o ser atacado por el C-4, que hizo inmersión a las 12:50, según información posterior del comandante del General Sanjurjo, el capitán de corbeta Francisco Núñez de Olañeta, que fue testigo de ello. A las 14:05, y de forma súbita, el C-4 intentó salir a superficie, soplando todos sus lastres, justo por la amura de babor del Lepanto, que no pudo hacer nada por evitar la colisión con el submarino, precisamente a la altura de su cañón. El impacto fue tan violento como inevitable, igual que la enorme tristeza y la impotencia de los testigos al ver la quilla del C-4 mientras se hundía irremisiblemente. Uno de los testigos fue el capellán del Lepanto, que auxilió espiritualmente a toda la dotación para que pudiera descansar en paz a 1.350 metros de profundidad.
La causa más probable del accidente fue que el comandante del C-4 tuviera que ordenar la salida a superficie de su submarino por algún grave motivo, con la esperanza de que el Lepanto tuviese tiempo para evitar la que resultó ser una dramática colisión. Algo que no sucedió.
Aurelio Fernández Diz