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El 5 de marzo de 1811, en el marco de la guerra contra la invasión francesa, tuvo lugar uno de los combates más singulares —y paradójicos— de aquella contienda: la batalla de Chiclana, conocida por los británicos como de La Barrosa, porque tuvo lugar en el lugar donde se ubicaba la Torre de La Barrosa. Se trata de un enfrentamiento cuya memoria depende de las respectivas historiografías: los ingleses la recuerdan como una jornada gloriosa; la tradición española, en cambio, la menciona con discreción, quizá porque fue una victoria sin consecuencias.
El contexto era crítico. Cádiz permanecía sitiada por el ejército napoleónico y constituía el último gran bastión político de la monarquía española, sede de las Cortes que alumbrarían, poco después, la Constitución de 1812. Liberar la plaza exigía una operación combinada hispano-británica. El mando aliado correspondía al general español Manuel Lapeña, mientras que la división británica estaba dirigida por Thomas Graham.
La batalla se desarrolló en dos escenarios separados unos cinco kilómetros: la zona de Torre Bermeja y Molino de Almansa, junto al caño de Sancti Petri, y la altura dominante del Cerro del Puerco. Este último se convirtió en el núcleo decisivo del combate. Allí, el general francés Victor intentó cortar la retaguardia británica al descubrir que las tropas de Graham marchaban separadas del grueso aliado. Lo que debía ser una maniobra de aniquilación se transformó en un choque frontal inesperado.
Graham reaccionó con rapidez. En lugar de replegarse, giró su columna y atacó cuesta arriba. El combate fue extremadamente violento. El 87º Regimiento irlandés cargó contra el 8º de Línea francés, prácticamente destruyéndolo y causando 954 bajas de unos 1200 hombres y muriendo su coronel y varios jefes. Fue la primera vez que un regimiento británico capturó un águila imperial napoleónica, símbolo militar de enorme valor moral.
La paradoja reside en que la victoria fue clara en el plano táctico. Incluso el jefe del Estado Mayor aliado, brigadier español Lacy, reconoció que las tropas británicas «decidieron la acción». Sin embargo, el resultado operacional fue nulo. El general Lapeña, temiendo una reacción francesa, no explotó el éxito, ni persiguió al enemigo. El ejército aliado se retiró y el sitio de Cádiz continuó. Oportunidad perdida.
Este hecho ilustra uno de los rasgos más característicos de la Guerra de la Independencia: la disociación entre combate y campaña. Las tropas españolas habían demostrado en numerosas ocasiones resistencia y valor —Zaragoza, Bailén o Gerona—, pero la coordinación operativa con los aliados era irregular. Chiclana es el ejemplo más elocuente: una batalla ganada que no cambió nada.
Para los británicos, en cambio, Barrosa se convirtió en un símbolo fundacional. El regimiento irlandés que participó en la acción conmemora desde entonces el Barrosa Day, lo instituyó como su día regimental e incorporó el águila capturada a sus emblemas y adoptó el lema gaélico faugh-a-ballagh, (despejad el camino). El episodio quedó así integrado en la tradición militar británica, mientras en España permanecía como un recuerdo local ligado a la defensa de Cádiz sin más trascendencia.
En el campo de batalla, la jornada del 5 de marzo de 1811 fue un éxito aliado; en la guerra, fue una oportunidad perdida. Y quizá por eso su memoria resulta incómoda: porque demuestra que, en ocasiones, la historia no la decide el valor, sino la decisión posterior al combate. Durante tiempo estuvo olvidada, pero desde 2011, con motivo del segundo centenario, se recuerda la Batalla de Chiclana, a veces con presencia británica.
Tomás Torres Peral