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31 DE ENERO DE 1958
Lanzamiento del primer satélite artificial estadounidense

Tras el gran éxito alcanzado por la URSS con el lanzamiento de su satélite Sputnik-1 comenzó el desafío de poner en órbita, lo antes posible, el primer satélite de los EE. UU.

De los cohetes de guerra a la astronáutica

A partir de los años sesenta, los vuelos al espacio ultraterrestre se convirtieron en una realidad gracias a los avances tecnológicos logrados durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien el objetivo último de muchos ensayos realizados en ese período era la consecución de vehículos capaces de llevar cargas letales lo más lejos posible de su lugar de lanzamiento, una de las conclusiones que se obtuvieron fue que, para vencer la gravedad terrestre, hacía falta la potencia suministrada por un gran motor cohete. Este principio era bien conocido por los alemanes, que ya en los años treinta habían invertido grandes cantidades de dinero y enormes esfuerzos para ostentar el liderazgo en la astronáutica, cuyo fruto fue la construcción del cohete V-2 (de nombre técnico A-4).

Finalizada la contienda en 1945, las potencias ganadoras quisieron beneficiarse del talento y de los grandes avances de los científicos alemanes. Los Estados Unidos trasladaron a su territorio a Wernher von Braun y a más de un centenar de sus compañeros en esta aventura; por su parte, la URSS llevó a sus instalaciones a un conjunto de 234 expertos implicados en este tipo de investigaciones, probablemente de un nivel algo más bajo de conocimientos que los seleccionados por los EE. UU.

El Año Geofísico Internacional

En 1952, el Consejo Internacional de Uniones Científicas (ICSU, por sus siglas en inglés) propuso la celebración de un Año Geofísico Internacional (AGI), que se desarrolló entre el 1 de julio de 1957 y el 31 de diciembre de 1958. Durante este «año» se invitó a todos los países interesados en la investigación del planeta a cooperar en la adquisición de nuevos conocimientos sobre la Tierra y sus alrededores cósmicos, logrando que más de 30 000 científicos y técnicos de 66 países participaran en estos trabajos. Se pretendía utilizar varias tecnologías heredadas de la Segunda Guerra Mundial con fines pacíficos. En 1955, dentro de las actividades del AGI, tanto los EE. UU. como la URSS anunciaron públicamente su propósito de lanzar satélites artificiales al espacio en los años siguientes.

Ventaja soviética en la «carrera de las estrellas»

Desde comienzos de la década de 1950, bajo la dirección de Serguéi Koroliov, la Unión Soviética había logrado construir algunos cohetes con una potencia que superaba en más del doble a la de los homólogos estadounidenses. La serie soviética fue designada con la letra R, inicial de la palabra rusa «ракета» (raketa, cohete). El 21 de agosto de 1957 lanzaron el R-7, que transportó en su ojiva una bomba nuclear ficticia hasta una base localizada en la península de Kamchatka. La mínima distancia de separación entre los EE. UU. y la URSS, de unos 3,7 a 4 km, se mide entre las islas Diomedes, en el estrecho de Bering: dos islas rocosas de pequeñas dimensiones, donde la isla Diomedes Mayor (Rusia) y la Diomedes Menor (EE. UU.) están separadas por la línea de cambio de fecha y solo unos pocos kilómetros de agua.

Avalados por el éxito del R-7, Koroliov, Tijonrávov y el nuevo director de la Academia de Ciencias, Mstislav Kéldish, consiguieron convencer a Nikita Jrushchov de la conveniencia de utilizar este misil para lanzar un satélite artificial antes de que lo lograran los norteamericanos. Tras la autorización para llevar a cabo el lanzamiento, y debido a la premura con que se construyó este primer satélite artificial, no se pudieron hacer pruebas con el mismo, por lo que se fabricaron dos unidades, a fin de disponer de una de reserva en caso de avería de la primera.

Los soviéticos se adelantaron en la conocida como «carrera de las estrellas» a los estadounidenses el 4 de octubre de 1957, al lanzar el primer satélite artificial, el Sputnik-1 («compañero de viaje» o «satélite»). La URSS explotó ampliamente este éxito de manera muy mediática, lo que impulsó a los EE. UU. a intentar recuperar el liderazgo tecnológico en esta área.

Satélite americano Explorer I (Wikimedia commons images public domain).

El lanzamiento del Explorer-1

El 31 de enero de 1958, Wernher von Braun había finalizado el ensamblaje del cohete Juno-1 en Cabo Cañaveral con el fin de poner en órbita el satélite Explorer-1. Bajo la presión del gobierno de los EE. UU., se consiguió reducir el plazo anunciado de fabricación de 90 a 85 días. El vehículo usado para la puesta en órbita de este satélite medía 22 m de longitud y pesaba 29 t. Tras unos minutos de impaciente espera, llegó la confirmación de los radares y de las estaciones de seguimiento en tierra: la carga útil transportada, el satélite, había entrado en órbita elíptica alrededor de la Tierra.

Los datos recogidos por los sensores emplazados a bordo eran enviados a las estaciones de seguimiento y fueron utilizados por el doctor James Van Allen para descubrir la existencia de dos cinturones de radiación, uno compuesto de protones y otro de electrones, que serían bautizados, en su honor, como «cinturones de Van Allen». El Explorer-1 transmitió datos científicos hasta mayo de 1958, cuando sus baterías se agotaron, pero permaneció en órbita hasta que se desintegró en la atmósfera en 1970.

Juan Andrés Toledano Mancheño

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