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23 DE ENERO DE 1826
Fin del segundo sitio de El Callao
El denominado Segundo Sitio de El Callao (1824-1826) constituye uno de los episodios militares más significativos de la fase terminal de la independencia del Perú y, por extensión, del poder español en Sudamérica. La fortaleza del Real Felipe, emplazada en el puerto del Callao como pieza esencial de las defensas del virreinato, se convirtió por las circunstancias en el último reducto realista en la costa del Pacífico, junto con Chiloé, aunque este último se incorporó a Chile el 19 de enero de 1826, cuando se ratificó el Tratado de Tantauco.

Su prolongada resistencia, uno de los sitios más largos de la historia de América, sostenida frente a fuerzas republicanas combinadas por tierra y por mar, no solo tuvo relevancia militar, sino que adquirió un marcado valor simbólico en torno a la noción de fidelidad, disciplina y deber.
La particularidad de este segundo sitio de El Callao reside en que la plaza se mantuvo en armas incluso después del desenlace político-militar de la batalla de Ayacucho, cuando el pacto de capitulación debía suponer la conclusión de la guerra y la entrega de la fortaleza a las fuerzas republicanas. Sin embargo, el mando realista en El Callao, encabezado por el brigadier José Ramón Rodil y Galloso, consideró que la obligación de custodiar los castillos del puerto no quedaba extinguida por acuerdos producidos fuera de su entorno inmediato. No reconoció en los suscriptores del pacto de Ayacucho autoridad suficiente para ordenar la entrega, ya que, a su juicio, solo le correspondía al rey disponer del virreinato; por ello, consideró su deber organizar una resistencia que se sostuvo, según criterio generalizado, «más allá de toda lógica».
El asedio fue, en rigor, un fenómeno total: operaciones de bloqueo naval, fuego intenso de artillería, hostigamiento continuado y desgaste sistemático por inanición. Desde el interior del Real Felipe, los defensores llegaron a lanzar 9.533 proyectiles de cañón, además de bombas, granadas y decenas de miles de disparos. Por parte del ejército sitiador, el volumen de fuego fue aún mayor y se complementó con un bloqueo marítimo a cargo de unidades peruanas, chilenas y grancolombianas.

En ese escenario, la conducción de Rodil consistió, sobre todo, en transformar la fortaleza en una comunidad militar cerrada, sometida a un orden estricto y orientada a prolongar la resistencia mediante la administración severa de recursos, la fortificación y el mantenimiento de la moral combativa. La bibliografía reciente destaca, además, que Rodil permaneció esperanzado hasta el final en la posibilidad de un socorro desde España, aunque esa ayuda, atendiendo a la coyuntura peninsular, carecía de fundamento real.
El punto de quiebra se produjo cuando la defensa dejó de ser viable por causas estrictamente materiales. El sitio finalizó el 23 de enero de 1826, hace ahora dos siglos, «por falta de hombres y víveres», salvándose únicamente la parte de la guarnición que pudo sobrevivir. Este reconocimiento de facto consolidó su reputación como último defensor realista en suelo sudamericano.
Al regresar a la Península, se le reconoció formalmente el mérito por la defensa «heroica, bizarra y obstinada» de El Callao, concediéndole la Laureada de San Fernando, tras juicio contradictorio. Posteriormente, como mariscal de campo fue el primer inspector del Real Cuerpo de Carabineros. Alcanzó el empleo de capitán general y recibió otras distinciones, entre ellas el título de marqués de Rodil.