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13 DE ENERO DE 1919
Conferencia de Paz de París. Tratado de Versalles
Acabada la Primera Guerra Mundial en el año 1918, finalizada la que fue llamada la «Gran Guerra» o el «Gran Horror» —entre otras cuestiones, por el número de muertos, la intensidad de la destrucción generada y por el empleo, a gran escala, de armas químicas—, o también llamada por los pueblos coloniales «la Guerra de las Tribus Blancas», que no solo contemplaban el espectáculo de la lucha en Europa, sino que también fueron obligados a participar, llevados al viejo continente por las metrópolis, el orden mundial sufrió un profundo cambio.
No solo los vientos de guerra dejaron una poderosa secuela de muerte y destrucción en Europa, sino que supusieron la desaparición de cuatro imperios: austrohúngaro, alemán, otomano y ruso, y la consiguiente aparición de nuevas naciones de los cascotes de esos imperios, complicando el mosaico fronterizo europeo —Yugoslavia supone un paradigma de esta realidad—, así como el salto de Estados Unidos a una nueva escala de poder ante una Europa, unos imperios y unas naciones europeas debilitadas por la lucha fratricida.
Tras el acuerdo de alto el fuego y un armisticio que entraría en vigor el 11 de noviembre, a las 11 de la mañana del año 1918, las armas callaron tras cuatro años de guerra, que se presumía corta. «En Navidades en casa», decían los combatientes al marchar al frente, en las postrimerías del verano del 14. Tras un rápido avance de las fuerzas de los Imperios Centrales, estas quedaron detenidas y la contienda se transformó en una guerra de desgaste, en un holocausto de hombres y máquinas que producía el agotamiento de los recursos de las naciones en liza y la búsqueda de nuevas fuentes de recursos y apoyos, alcanzando la guerra, finalmente, una escala global.
De toda esa destrucción y desgaste se hizo plenamente culpables y responsables a las naciones derrotadas —los Imperios Centrales—. La negociación del «tratado de paz» se produjo entre los vencedores, sin contar con los vencidos, y fueron los vencedores quienes decretaron las cláusulas de la paz.
De hecho, el 18 de enero de 1919 comenzó la llamada «Conferencia de Paz de París», a la cual asistieron exclusivamente el llamado «comité de los cuatro», formado por los representantes de Inglaterra, Francia, Estados Unidos e Italia. Y no solo no se tuvo en cuenta a los derrotados, sino que los vencedores también tenían sus propios intereses particulares y no siempre convergentes.
Gran Bretaña, dueña de los mares, quería las colonias alemanas y que este país no tuviera flota de guerra, así como que no quedara finalmente demasiado debilitado para que pudiera seguir siendo un contrapeso a Francia y evitar la hegemonía gala en el territorio continental. París, además de incorporar Alsacia-Lorena, también quería ocupar la zona occidental del río Rin y debilitar a Alemania para que dejara de constituir una amenaza. Estados Unidos, con los 14 puntos del presidente Wilson, fue uno de los artífices del nacimiento de nuevos países independientes en Europa —fragmentándola—, mientras que Italia mostraba interés, sobre todo, por las colonias alemanas. Y todos, además, pedían indemnizaciones de guerra.
De hecho, el texto final, en sus artículos 231-247, bajo el epígrafe «Reparaciones», obligaba a los derrotados a declarar su culpa y a pagar cuantiosas indemnizaciones no solo económicas, sino también mediante la entrega de ganado, materias primas, maquinaria, equipo y artículos diversos.

Este texto se firmaría el 28 de junio de ese año en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, el mismo día en el que el serbio Gavrilo Princip asesinaba, cinco años antes, en Sarajevo, al heredero del Imperio austrohúngaro, hecho que acabó provocando el estallido de la conflagración, y en el mismo lugar en el que, en el año 1871, se proclamó el nacimiento del Imperio alemán, tras la aplastante derrota francesa en la guerra franco-prusiana de 1870. El documento sería llamado «Tratado de Versalles», o diktat (dictado) por los alemanes, dada la forma en que se había gestado.
La dureza de las medidas impuestas, la humillación sufrida y, además, la sensación de los alemanes de no haber sido derrotados en el campo de batalla generó un sentimiento de frustración y afán de revancha en gran parte del bando vencido, especialmente en Alemania. Frases como «siempre combatimos sobre territorio conquistado» o la narrativa de «la puñalada por la espalda», de haber sido traicionados desde dentro por los políticos y los «emboscados» y «traidores», fueron cristalizando en radicalismos que llevaron a la aparición y crecimiento del Partido Nacionalsocialista Alemán (nazi) y su toma del poder en 1933, sentándose, de esa manera, las bases para la Segunda Guerra Mundial, que estallaría el 1 de septiembre de 1939.
Como una muestra más de la importancia de los símbolos, casualmente —o no—, en el mismo vagón de tren en el que se había firmado el armisticio de la Primera Guerra Mundial, ese 11 de noviembre de 1918, en el bosque de Compiègne (Francia), el 22 de junio de 1940 Francia, ocupada en gran parte en una campaña relámpago durante la Segunda Guerra Mundial, se rindió a Hitler.
Las lecciones de la Historia son tremendamente valiosas y, quizás, sea conveniente repasar ciertos hechos para evitar caer, de nuevo, y ya en el siglo XXI, en los mismos errores cometidos en Europa y por Europa hace más de un siglo.