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Al gran éxito logrado por los hermanos Wright al realizar el primer vuelo de un artificio más pesado que el aire, el 17 de diciembre de 1903, le siguieron muchos otros hitos, como el primer vuelo en Europa, llevado a cabo en 1906 por Alberto Santos Dumont, en París, o el cruce del canal de la Mancha por Louis Blériot, en 1909. La aviación estaba de moda y así lo demostraba la gran cantidad de exhibiciones aéreas que se celebraron en España por aquella época.

Estas exhibiciones alentaron la afición por la aeronáutica y llevaron a muchas personas a interesarse por este nuevo medio de desplazamiento. Este fue el caso de Benito Loygorri Pimentel, quien obtuvo su título de piloto de aeroplano —el tan ansiado Brevet— el 30 de agosto de 1910, tras realizar las prácticas necesarias en la Escuela Antoinette de Mourmelon (Reims). Se convirtió así en el titular de la licencia de piloto civil número 1 de España, expedida por la Fédération Aéronautique Internationale (FAI). Esta licencia le permitiría disfrutar del avión Farman que había adquirido. Con posterioridad, fue representante de la casa Farman y firmó el contrato de adquisición de los tres primeros aviones para la aviación militar española.
A finales de 1910, dos españoles, Benito Loygorri Pimentel y el infante Alfonso de Orleans y Borbón, habían obtenido sus títulos de piloto que, de acuerdo con la normativa vigente, habían sido avalados por el Real Aero Club de España (RACE).
Benito Loygorri mostró siempre un excelente sentido del humor, que le llevó a decir, ante la pregunta de si era difícil volar: «Para pilotar un avión basta con saber despegar y tomar tierra, y mantenerse en el aire. Así de fácil».
Juan Andrés Toledano Mancheño