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Un mundo falaz
Ángel Gómez de Ágreda
Academia de las Ciencias y las Artes Militares
Gómez de Ágreda, A. (2026). Un mundo falaz. Barcelona: Ariel, 320 págs.
Un mundo falaz analiza cómo la inteligencia artificial (IA) y las grandes plataformas tecnológicas se han convertido en la columna vertebral del crecimiento económico estadounidense y en actores geopolíticos de primer orden. Las llamadas nubes de Google, Amazon y Microsoft alojan nuestros datos personales, nuestras capacidades profesionales y hasta recursos militares, convirtiéndose en parte del propio escenario de poder global.
El libro muestra cómo el ámbito digital ha dejado de ser un simple canal de información para transformarse en un arma destinada a modelar la verdad colectiva. No se trata solo de desinformación, sino de generar emociones y estados de ánimo, prescindiendo del sustrato mismo de la realidad para construir percepciones interesadas. Los ejemplos recientes de Nepal, Myanmar o Sri Lanka ilustran el impacto devastador de estas dinámicas.
Con un declarado homenaje a Aldous Huxley, la obra organiza sus cinco capítulos según las castas de Un mundo feliz, desde los Alfa hasta los Épsilon. A través de esta estructura, explora el ecosistema de la desinformación, la revolución de la IA que la impulsa, sus usos bélicos, su influencia en el tablero geopolítico y las perspectivas a corto plazo.
La guerra en Ucrania aparece como un laboratorio acelerado de adaptación tecnológica en tiempo real, donde rige una lógica casi darwiniana. Oriente Medio, por su parte, ejemplifica cómo la IA se traduce en aplicaciones operativas concretas en el terreno. Todo ello se inserta en una geopolítica marcada por la competencia entre Estados Unidos y la República Popular China, cuyos efectos resultan poco evidentes para el ciudadano medio.
Gómez de Ágreda amplía el foco e incorpora variables clásicas: historia, geografía física y humana, demografía, migraciones, desigualdades económicas, deuda y modelos de gobernanza. El ser humano es presentado como un ser eminentemente tecnológico, pero condicionado por estos límites materiales y sociales.
Un mundo falaz no es un manual de instrucciones ni promete soluciones cerradas. Propone, en cambio, que el lector “rompa” el texto, recoja los datos y los reorganice con su propio esfuerzo, al modo del Kintsugi japonés: recomponer el discurso dejando a la vista los remiendos dorados de su interpretación personal.
